El robador de palabras.
Amigos lo confieso
ayer por la tarde fuí a Mixcoac
a la asamblea con miras autogestivas
pero sabía que secretamente que estaba cerca
de las galerías y calles donde Paz creció
y las imágenes rondaban en el aire tibio de la mañana.
Secretamente robé, lo confieso.
Hurté y no pude contenerme para llevar conmigo
las palabras e imágenes que necesito.
Entré, como un ladrón
y tomé aquella escritura del fuego sobre el jade
tomé su Piedra de Sol y la metí en mi mochila
decidí llevarme todo cuanto podía
así que llevé conmigo la blanca tribu de las nubes,
al colibrí quemándose en llamas,
y al tigre que bebía sueño en los ojos de una mujer.
Lo confieso me gustó robar. Lo necesito.
Decidí regresar después a mi casa.
Pero en el camino me asalto una idea:
Debía asaltar otras casas, robarme otras imágenes, otras palabras.
Decidí a las victimas: Villaurrutia, Díaz Mirón, Sabines.
Del primero al llegar a su casa me sorprendió la fachada de espejo,
entre sigilosamente y seleccioné mi botín.
Al entrar a la casa el tiempo transcurría en largos segundos,
y solo me llevé, no sin oposición, a ese ser mitológico de cien ojos llamado Argos.
Lo puse en una jaula, lo subí a mi camioneta. Escapé.
De la casa de Salvador ya sabía que me llevaría,
así que sin que nadie se diera cuenta
me acerqué con un frasquito y tomé
un poco de vapor de plata que salía de la chimenea. Hui.
A la casa de Sabines llegué por la tarde noche
el día casi acababa.
Cansado pero con el frenesí del pensamiento
al saber todo lo que me podía quedar
no desaproveche la oportunidad para tomar
una luna por amuleto que bajo mi almohada puse.
ayer por la tarde fuí a Mixcoac
a la asamblea con miras autogestivas
pero sabía que secretamente que estaba cerca
de las galerías y calles donde Paz creció
y las imágenes rondaban en el aire tibio de la mañana.
Secretamente robé, lo confieso.
Hurté y no pude contenerme para llevar conmigo
las palabras e imágenes que necesito.
Entré, como un ladrón
y tomé aquella escritura del fuego sobre el jade
tomé su Piedra de Sol y la metí en mi mochila
decidí llevarme todo cuanto podía
así que llevé conmigo la blanca tribu de las nubes,
al colibrí quemándose en llamas,
y al tigre que bebía sueño en los ojos de una mujer.
Lo confieso me gustó robar. Lo necesito.
Decidí regresar después a mi casa.
Pero en el camino me asalto una idea:
Debía asaltar otras casas, robarme otras imágenes, otras palabras.
Decidí a las victimas: Villaurrutia, Díaz Mirón, Sabines.
Del primero al llegar a su casa me sorprendió la fachada de espejo,
entre sigilosamente y seleccioné mi botín.
Al entrar a la casa el tiempo transcurría en largos segundos,
y solo me llevé, no sin oposición, a ese ser mitológico de cien ojos llamado Argos.
Lo puse en una jaula, lo subí a mi camioneta. Escapé.
De la casa de Salvador ya sabía que me llevaría,
así que sin que nadie se diera cuenta
me acerqué con un frasquito y tomé
un poco de vapor de plata que salía de la chimenea. Hui.
A la casa de Sabines llegué por la tarde noche
el día casi acababa.
Cansado pero con el frenesí del pensamiento
al saber todo lo que me podía quedar
no desaproveche la oportunidad para tomar
una luna por amuleto que bajo mi almohada puse.
Leo estas palabras un mes después de haberse escrito.
No sé. Me pregunto. ¿Habré hurtado suficiente para entrar nuevamente a tus sueños?
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